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La mañana del 23 de junio amanece, en La Coruña, distinta al resto de los días. Poco a poco comienzan a descubrirse esas claves que encierra en sí todo el entramado festivo. Desde muy temprano, bandas de música; de cornetas y tambores; grupos folclóricos y los Gigantes y Cabezudos, recorren las calles pregonando la fiesta. A media mañana, la Meiga Mayor, la Meiga Mayor Infantil y sus respectivas Meigas de Honor desfilan, en una comitiva colorista, formando una estampa evocadora de otra época, por las principales calles de la ciudad hasta la parte antigua para tributar su homenaje anual a San Juan, a Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la ciudad y a la heroína María Pita. Otra estampa, ligada a esa mañana, es la que ofrecen las mujeres que vuelven del mercado portando un curioso ramo de flores silvestres. Artemisa, bieiteiro, espadaña, fiuncho, helechos, hierba de Santa María, malvarrosa, malvavisco, orégano, trovisco, verbena, rosas silvestres, entre otras, son las especies que componen tan singular ramo que servirá, una vez macerado en agua, puesta al rocío de la Noche de San Juan y tras efectuar las correspondientes abluciones al despertar el día 24, para preservar de cualquier mal, tanto del cuerpo como del alma. Finalmente, el ramo se dejará secar, colgado al aire, con el fin de que, durante todo el año, nos sirva para espantar del hogar a brujas y demás seres maléficos. Por la tarde, la ciudad se viste de fiesta y de nuevo las Bandas y los grupos folclóricos se adueñan de calles y plazas, calentando el ambiente para la noche que ya se avecina. El atardecer comienza a inundarse con el peculiar olor a sardina asada. A la puerta de cualquier bar o de cualquier comunidad de vecinos, se prepara una parrilla donde asar tan delicioso pescado propio de este mes del año. “Por San Xoán a sardiña molla o pan”, dice el refrán popular en clara alusión a que es su mejor momento de comida. La sardiñada por excelencia, de cuantas se preparan en la ciudad, es la que anualmente organiza la Peña “David” en la Plaza de España. A ella concurren cientos de coruñeses con el fin de cumplir otro de los ritos típicos de la trama sanjuanera. La noche va, poco a poco, cayendo sobre la ciudad y con las primeras sombras una riada de jóvenes comienzan su peregrinar hacía las playas de Riazor y Orzán portando cajas viejas y maderos. Como de la nada, en el amplio arenal formado por las dos playas, al pie de la gran hoguera, se van formando pequeñas piras de madera y cartón, listas para ser quemadas. Cuando suenan las once de la noche, comienza a desfilar la cabalgata que recorre el Paseo Marítimo, transportando a las Meigas, acompañadas de toda una algarabía musical, hasta la zona del Paseo donde está ubicada la gran Hoguera. Miles de coruñeses invaden el Paseo Marítimo, en su tramo comprendido entre las playas de Riazor y Orzán. Falta poco ya para las doce, la hora mágica por antonomasia. Las pequeñas hogueras de la playa comienzan a encenderse una a una; pronto los dos grandes arenales formarán una especie de rosario ígneo que reflejará sus llamas en las tranquilas aguas de la ensenada coruñesa. Junto a ellas, otras de mayor envergadura iniciarán su cremación en la zona de Monte Alto y el Matadero. Será entonces cuando la ciudad entera, volcada hacía su mar, entone una especie de sinfonía en fuego mayor. No será difícil, en ese instante, ver a más de uno cumplir el rito purificador del baño de las nueve olas en las calmadas aguas de Riazor, otro de los tradicionales elementos en esta simpar celebración. Las doce en punto. Miles de personas abarrotan la playa de Riazor. El fuego de las decenas de pequeñas hogueras se proyecta, iluminando la noche solsticial, confiriéndole un aspecto mágico, casi fantasmal. Una carcasa de fuegos artificiales disparados desde la Rotonda, visten de gala multicolor el cielo del recién estrenado verano coruñés. El gran instante ha llegado. La Meiga Mayor y la Meiga Mayor Infantil prenden fuego a la Hoguera que, en pocos minutos, es pasto de las llamas purificadoras. El rito anual del culto al fuego se ha cumplido. A partir de aquí, la fiesta se vive en la calle con la gran verbena de San Juan; en la playa donde los más jóvenes continúan hasta el amanecer, quizás con el fin de ver “bailar el sol” o simplemente para dar cumplida cuenta de otros ritos, relacionados con la fecundidad, propios de esta Noche; en los múltiples pubs y cafeterías del Paseo Marítimo y alrededores, que se convierten en obligado punto de cita para aquellos que desean prolongar la fiesta o en cualquier bosque o fraga, a la que se acude en busca del preciado arcano llamado “flor del agua” o, tal vez, con la pretensión de descubrir la fuente o cueva, en la que una hermosa “moura” guarda celosamente su gran tesoro y que tan solo puede ser vista en una Noche como esta. Entretanto, en las calmadas aguas de Riazor y el Orzán, sirenas, nereidas y tritones, entonan su mágica sinfonía de fuego y agua. Ha estallado, un año más, la Noche de San Juan coruñesa, la fiesta popular por excelencia. El sueño de una noche de verano.